No sé si alguna vez he contado por aquí que mi abuela tenía (o sufría, no sé como se dice en estos casos) Síndrome de Diógenes. Yo por supuesto no tenía ni idea de lo que era eso. Ni siquiera se hablaba de ese síndrome en casa, que yo recuerde. Hasta pasados un buen puñado de años desde que falleció no descubrí que tenía una enfermedad con un nombre. Lo que yo recuerdo es que su casa era un basurero.
Por cierto, que hablo en singular porque aunque todos tenemos dos abuelos y abuelas (paternos y maternos) yo los paternos no los conocí. Sólo muy brevemente mi abuela paterna pero no tengo apenas recuerdo así que hablo de mi abuela porque es la única de la que tengo conciencia.
Total, retomando el tema, que la casa de mi abuela era un basurero. De esos que ves en los programas de sucesos de vecinos que quieren echar a otros porque acumulan basura o esos que se autodenominan «coleccionistas» en Cazatesoros, en Mega. Esas casas y esos almacenes donde no puedes ni abrir la puerta de la cantidad de basuras que tienen pero de las que estos señores extraen cualquier cartel lleno de óxido y dicen que es muy coleccionable y le pagan pasta. Supongo que sabes de lo que hablo.
Había un pequeño pasillo entre la basura, lleno de más basura que se caía de los montones, para llegar a la cama. La cocina era un peligro, cocinabas prácticamente sobre montañas de revistas, plásticos y basura varia. Una de las habitaciones era casi imposible de abrir. Para hacer una pequeña rendija por la que meter este cuerpo de niño tenías que empujar toda la basura que se acumulaba tras la puerta. Un desastre que seguramente hoy saldría en la tele.
Quizás sea por eso o porque soy demasiado poco apegado a las cosas físicas, siempre he sido muy de tirar cosas. No encontrarás en mi casa armarios llenos de cosas que no sé que son y que llegaron allí hace mil años y allí siguen. Salvo cosas de ordenadores, que me cuesta algo más tirar porque si pienso que algún día les daré utilidad, soy de tirar todo lo que pienso que no voy a usar. Posibles secuelas del trauma infantil.
Síndrome de Diógenes digital
Sí, ese sí lo tengo. Al igual que en lo físico no me cuesta desprenderme de nada, en lo digital la cosa cambia. No tengo teras y teras de información, pero sé que guardo mucha más de la necesaria.
Cuando salía con el dron, que tiempos aquellos, traía muchos gigas de videos y fotos. Luego hacía, a veces, un pequeño montaje de un par de minutos máximo con una musiquita de esta libre de derechos y listo. Sin embargo, guardo una carpeta con horas de video que ni he utilizado ni seguramente use. Lo que era aprovechable, ya lo había aprovechado para ese video. No es insalubre, no va a venir sanidad ni ningún vecino a denunciarme, pero tampoco sirve de nada.
Igual me ha pasado siempre con las fotos: síndrome de Diógenes digital. Volver de un viaje a Dinamarca, traer 800 fotos y guardarlas todas. Más o menos ordenadas, pero sabiendo que de ahí no llegarán ni a 100 las que merezcan la pena. Y ojo, que no hablo de obras de arte. Hablo de fotos decentes o fotos de las que te traen recuerdos cuando las vuelves a ver. Esas son las que merecen la pena. El resto, podía ir directamente a la papelera digital para ser vaciada. Así de sencillo, pero me costaba.
Y hablo en pasado porque desde que me dedico algo más en serio a las fotos sí que he aprendido a filtrar. Seguro que podría filtrar más, pero salgo de una sesión con 400 fotos y me puedo quedar tranquilamente con 50, que son las que merecen la pena. Y claro, esto me está ayudando a aprender a salir de este síndrome de Diógenes digital… que acabo de llevar a su máxima expresión para mi.
Dagarin.es
Mi blog, el que llevo alimentando, según he visto ahora, desde aproximadamente 2007. Que ha pasado por MySpace, Blogspot, diferentes WordPress, diferentes servidores, nombres dominios… Con sus diferentes spin-off a modo de El blog del jugópata, Dedicado a Marta Fernández, Los Gadgets de Dagarin, Hablemos de IA, Desde mi punto de vista… Y al final todos acababan en Dagarin.es.
Con mudanzas más o menos efectivas pero siempre, como en toda mudanza, con daños colaterales. Siempre se acaba rompiendo un jarrón, se agrieta la silla o se pierde alguna caja nadie sabe como. Así estaba dagarin.es, echa unos zorros. Con enlaces sin funcionar, fotos que no cargaban y mil fallos más.
Hasta ahora que, en un ataque de lucha contra este síndrome de Diógenes, me he decidido a borrar casi todo. Bueno, no he sido capaz de tanto. He exportado miles de entradas (literalmente miles) a formato PDF que se puede leer. Con cientos de fotos que faltan y enlaces que no van a ninguna parte, pero mis reflexiones siguen ahí. Pero ahora están en un NAS, guardados para la posteridad como quien tiene sus diarios infantiles en un cajón con una pequeña pastilla de jabón para que huelan bien.
Rematando la limpieza
Y tras este terremoto, aquí ha quedado un dagarin.es muy despejado. Aunque queda bastante polvo por limpiar y cuadros que colgar, pero sólo he dejado el año pasado. Aún quiero limpiar alguna cosa y republicar algunas entradas.
Quiero borrar todas las que tiene que ver con el podcast y dejar sólo un par de listas para que los puedas escuchar, poner al día y con todos sus enlaces todas las entrevistas, tanto en video como en texto, porque creo que la gente que se ha prestado a colaborar conmigo se lo merece. Y poco más. Dejar esto saneado para esta nueva vida que le espera.
Porque sí, ya ves que seguirá vivo, como hace años, en formato blog puro y crudo. En breve estará limpio y si eres nuevo lo que veas no será un desastre. Por cierto, esos PDF’s que tengo guardados… no son ningún secreto. Estaban publicados. Si tienes especial recuerdo de alguna entrada o si quieres releer esos artículos antiguos, deja un comentario o escríbeme a dagarin@dagarin.com y te lo envío.
Hasta la próxima entrada, sea usted razonablemente feliz.
Descubre más desde dagarin.es
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.